Congelando el tiempo

Name: Yukiko
Location: Spain

Tuesday, September 12, 2006

Aterciopelada lujuria

Siempre te había mirado con cierto deseo. Eras mi pequeño capricho inconfesable, ese que guardaba entre mis sábanas de seda. Cada vez que me acercaba a aquella habitación mis ojos se desviaban hacia ti, me hipnotizabas; mis pensamientos se teñían con tu rojo, las notas prohibidas de una trompeta de Cabaret rugían y las medidas perfectas eran 69-69-69.

El terciopelo se había apoderado de cada una de tus formas, sinuosas, gráciles, contrastando con tus desnudas extremidades firmes y fuertes. Eras un diván precioso, eras mí diván. Cada vez que se me brindaba la oportunidad me sentaba en tu regazo, disfrutaba de tu calidez que traspasaba la fina tela de mis diminutos vestidos que elegía especialmente para nuestros encuentros; lisos, a rayas, con exóticas tonalidades, incluso con atrevidos e indiscretos estampados que amenazaban con gemir, pero siempre de tu agrado, que no ofendieran a tu pecaminosa tonalidad. Tantas tardes compartiéndote, tantas tardes de charlas banales en tu regazo, tantas tardes de caricias prohibidas y labios húmedos; vigilados por ojos ajenos, monótonos, demasiado grises para entenderlo, descubrí sensaciones censuradas entre la ceguera de las prohibiciones.

Pero esta tarde es diferente, el viento me susurra que no va ser una tarde más. Subo las escaleras corriendo, llevo un vestido con pequeñas fresas de delicioso algodón, te encantará. Saludo desde la entrada y quitándome los zapatos para disfrutar del suave tacto de la alfombra- No te pongas celoso, tú eras y serás único- me dirijo a la sala, a tú sala, dónde reinas con un aire de soberbia. No hay nadie, no regresaran hasta mañana, solos tú y yo, bajo la mirada indiscreta de los rayos dorados de un Lorenzo que se despedía.

Tímidamente me siento en ti, esta vez es diferente, no hay miradas inquisidoras que se claven en nosotros, no hay tabúes sociales que abotonen mi vestido. Me voy desprendiendo lentamente del vestido, sin prisa, disfrutando de las texturas y de la calidez de los besos solares en mi espalda. El vestido cae al suelo, tu piel de melocotón acaricia con delicadeza mi torso, mi vientre, mis muslos. Poco a poco te vas enredando en mí, cubriendo mi blancura con caricias de color rojo. Ronroneo suavemente al principio, firme rugido al final. Me embriago de la esencia del placer, demasiado exquisita para los retratos que me observaban desde la pared, fríos, cuadriculados, vulgares. A veces murmuran, miran con reproche, pero en sus ojos Sherezade baila desnuda; yo sigo bebiendo copas de ambrosia hasta quedarme ebria de placer. Exhausta, mi cuerpo duerme mientras me acunas entre besos púrpuras, y unas últimas palabras salen de mis labios “por fin eres solo mío”.