El laberinto
Y tengo miedo. Mucho miedo. Cada duda, cada temor, se convierte en un laberinto de paredes blancas, asépticas, inhumanas; guarida del monstruoso minotauro que arranca corazones llenos de sentimientos para devorarlos ávidamente. Navego en un paisaje irreal con pinceladas de cruenta realidad.Intento escapar. Busco algún hilo que me muestre la salida. En un rincón tímidamente escondido, avergonzándose quizá de su simpleza ante las titánicas moles blancas, se encuentra un cordel. Maltratado, ajado por el paso de los años. Para algunos, una ofensa ante la pulcritud aterradora, casi obsesiva, del laberinto; para mí, mi única esperanza, mi salvación. Sigo el camino que me marca. No dudo, demasiado cansada para enfrentarme al letal veneno de las dudas, demasiado inocente para dudar del humilde aspecto de la cuerda. De repente todo se vuelve blanco, el horizonte se difumina en una profunda solidez. Mi rostro de incrédula sorpresa, busca el cordel sin éxito. No está. Terrorífico truco de magia producto de mis delirios, de mis ansias de esperanza.
Estoy perdida. Busco una última salida, una inútil solución. Grito. Grito esperando que mi Teseo acuda, pero éste nunca existió, engañosas ilusiones de un amor de primavera. Silencio. Solo silencio. Mi voz, desesperada, busca una respuesta y choca una y otra vez contra el claustrofóbico paisaje; el silencio la desgarra, debilitándola, matándola. Un sonido. Algo se acerca. Un terrible presagio recorre mi mente. Mi cuerpo se hiela. Frío, mucho frío. Un lamento ahogado, arrepentido. Y una lágrima empieza a asomar. Y los pasos se acercan. Y mi cuerpo tiembla. Todo se acelera, mi corazón, los pasos, el tiempo. Está cerca. Mi cuerpo, en un impulso de supervivencia, augurando el final, se recoge. Un ovillo de piel, músculos, huesos y sangre.
Y está aquí. Una respiración pausada, segura, intimidatoria, llena el estrecho pasadizo de una calidez húmeda y agobiante proveniente del propio infierno. Todo se para. Un silencio sepulcral. Un instante. Una espera que se convierte eterna. No, no quiero enfrentarme a mi destino. Pero mi curiosidad me traiciona, mis ojos miran a mi verdugo. La bestia clava sus ojos en mí. No, no hay odio en su mirada. Resignación, sus sanguinarios ojos muestran resignación, cansado quizá de seguir su destino, cansado del dolor que este causa. Un destello de compasión roza su mirada. Tan diferentes y tan iguales. Verdugo y victima. Sin él, mi telar tejido por las parcas no tendría fin, y sin mí, su telar no se podría completar. La soledad nuestra compañera mutua. Él fuerte, y yo débil. Fatigado por su horrenda labor espera, respetuoso, esos breves segundos en los que yo me despido de la vida para entregarme a la muerte. Se escucha un grito. Mis ojos se empiezan a nublar. Como espectadora de un espectáculo dantesco veo al minotauro con mi corazón en la mano. Un color carmín tiñe las impolutas y estoicas paredes, lágrimas rojas, resaltando su hipócrita pureza. Mi cuerpo, muerto, asesinado por el mundo de las dudas y temores. Sin sentimientos que lo atormenten, sin sentimientos que le den una razón para vivir.







