
Estoy tumbada en la cama, sola, el silencio me acompaña con su incesante conversación; me habla de días lejanos; días en los aún tenía esperanzas de encontrar las sensaciones y armonías del amor; días en los que cada recuerdo no se clavaba como pequeños trozos de hielo que van congelando mi vidrioso corazón; días en los que las sonrisas y los juegos rompían los fuertes muros de la oscura tristeza.
Pero no me quiero engañar, todo eso no volverá. Le digo al silencio que pare, que deje de torturarme, en un sollozo ahogado intento dar salida en forma de gélidas lágrimas a la tristeza. El silencio impasible sigue atormentándome; la soledad, amiga infiel, me enseña su cara más oscura, no se burla de mí, ni tan siquiera se ríe con maldad, solo me mira, me asusta. Le reprocho, le grito; ella sigue impertérrita, como una estatua de frió mármol. De repente se digna a mirarme, me mira con compasión, una lagrima rueda por su mejilla, estoy pérdida demasiado perdida y ella lo sabe….
Todo se para, el silencio deja de hablar, la soledad compadecida me mira y susurra con voz melancólica unas palabras en un tono de dulzura casi olvidadas “…pobre niña…”, intento retener esas palabras, su suavidad, la inocente musicalidad de “niña”, su ternura, el calor que desprenden….Ese calor olvidado que me protegía….Pero ya es demasiado tarde, los fantasmas del pasado me reclaman, me buscan, alimentándose de mi dolor; me roban mis gotitas de felicidad que guardaba en un humilde frasquito; se encolerizan por haberles intentado encerrar en el desván, por haberme creído más fuerte…
Yo corro por la habitación, las paredes se han desvanecido para dar paso a la espesa oscuridad. Mis labios llevan las palabras que más quiero, esas que hablan sobre el amor, demasiado bellas para poder pronunciarlas con mis labios pero que no quiero olvidar...
Los espectros me siguen, les noto cada vez más cerca, deseo tener alas para escaparme, para que no me arrebaten lo que más quiero, pero es un sueño imposible, nunca tendré alas…las alas solo las tienen los ángeles…y yo no soy un ángel. Me caigo, lloro de impotencia, mi lamento rasga la oscuridad infinita, se acercan, noto su gélida alma carente de sentimientos. Cierro los ojos como una niña temerosa de la oscuridad, espero que al abrirlos todo haya sido una pesadilla, mis labios tiemblan, cuento hasta tres…uno…dos…tres….
“Buh!” una voz macabra retumba triunfal, sin el valor que me falta, abro mis ojos; los fantasmas me rodean, uno de ellos se acerca, se arrodilla junto a mi, lascivamente me acaricia con sus manos de hielo la mejilla bajando hacía el cuello, con la rabia contenida de mi alma, le intento apartar, se ríe, me agarra de la muñeca, aprieto los ojos para no ver su cara. Me hace abrirlos, demasiado cruel para no deleitarse con ese momento, acerca sus gélidos labios a los míos, ya nada me puede salvar pronto mis palabras escondidas serán profanadas; él disfruta del momento, y antes de deslizar sus labios entre los míos, besa mi inocente mejilla, mis lagrimas resbalan sin cesar, complacido y bajo la humillante mirada de los demás seres, por fin me da el maldito beso, un beso lento pero cruel.
El recuerdo se borra de mi interior…desaparece, mi corazón se congela de repente, es inútil no consigo recordar lo que es amar, no consigo recordar su cálida sensación… Mis lágrimas se secan porque ya no tengo porque llorar….