La flor

Desde el macetero la planta mira agónica, sus exóticos pétalos de blanco puro se quedan presos en el negro opaco de la tristeza. Una delicada mascara de papel maché oculta su dolor. Sentenciada a ser perfecta, a vestirse con colores alegres de hipocresía, a formar parte de un ambiente que intenta ocultar la mediocridad con un perfume agobiante y notas de vulgaridad.
Cautiva, lanza una mirada de reproche, de insumisión, que estalla en mil pedazos clavándose en los ojos de la falsedad, que poco a poco se va quedando ciega en su universo de mentiras. Ella se mantiene firme, no tiene miedo, no quiere ser parte del decorado de una obra de teatro insustancial.
La hipocresía la tienta una y otra vez; le ofrece un mundo de comodidades, de edulcorados sueños, donde el equilibrio es la frívola belleza primaveral, que intenta ocultar entre cantares y amores los suicidios de las flores. La planta en cambio lo rechaza con todas las fuerzas de su pequeño cuerpo que se convierte en el más fuerte al no doblegarse, al renunciar a ser solo otra “bonita” flor.
La amenaza hace presencia en escena, un inocente niño, cruel en su ignorancia, pero a la vez puro, sin más valores que sus instintos y deseos. Sin el volátil hedonismo del ambiente. Sin el profundo pensamiento de la flor. Se acerca hacia ella. La admira. La intenta acariciar. La agarra con firmeza. La ahoga con sus suaves manitas.
Demasiado frágil para vivir en la selva de los instintos.
Demasiado profunda para vivir en el azucarado palacio de lo superficial.







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